15 abr. 2012

Juanito y los bobos


Esta historia transcurre en una aldea de Inglaterra, en los tiempos de la acumulación originaria. Juanito era un niño intrépido, de esos que no pueden, ni quieren quedarse quietos un segundo. Salía de su casa temprano. Bien peinado y de punta en blanco para ir a la escuela, vestido con el amor de su madre y la solemne civilidad de su padre. Indefectiblemente volvía mugriento, tarde, y a veces, con algún moretón o raspadura. Pero siempre, siempre, con una sonrisa. Nunca contaba de donde sacaba esa sonrisa, porque sabía que nadie podría comprenderla. Nadie. Excepto su hermana, algo mayor que él.
Uno de esos días en los que se rateó de la escuela, a la que odiaba por querer empaquetarlo y colgarle una etiqueta, le ocurrió algo que cambiaría su vida: como tantas otras veces, le afanó unos duraznos al verdulero del mercado. El verdulero era de esos viejos bigotones que si uno lo viera a la cara mientras se toma un mate, pensaría que se está haciendo un enema. A Juanito le encantaban saborear esos dulces duraznos, pero más aún amaba el sabor de robárselos a ese viejo vigilante. Era el sabor de una intrépida justicia. Ese grandulón amorfo ya le había pinchado como cinco pelotas. Los pibes jugaban al futbol – a pesar de que todavía no se había inventado – en la plaza cercana al mercado. Más de una vez se le fue la pelota para el puesto de frutas y verduras, alguna de ellas derribando algún cajón y volcando en el piso su contenido. Pero con daños materiales o sin ellos el verdulero indefectiblemente les pinchaba la pelota. No tenía que ver con las frutas que se le podrían machucar – porque igual se la vendía a las ancianas que andaban mal de la vista – sino que castigaba donde más dolía a quienes cometían el blasfemo y sacrílego pecado de la diversión, maximizado exponencialmente por el capital pecado de la desobediencia hacia los adultos, que siempre tienen razón.
El verdulero no sabía quien había sido el ladrón. Nunca lo podía saber porque Juanito era muy sagaz. Igualmente no se necesitaba demasiada astucia para engañar a tan obtusa mente. Pero al ver a Juanito merodeando cerca, lo agarró de las orejas y lo llevó a la casa de sus padres, acusándolo de hurto. Repito, ni el verdulero – ni luego los padres – tenían pruebas que había sido Juanito, pero tenía que ser él… Porque el niño, si además de inteligente, es creativo y contestatario, no genera entre los adultos la brisa fresca de la libertad que tan poéticamente describen los anarquistas, sino los mas oscuros deseos de reprimirlo, para que no se salga del molde del único mundo que conocen, y que pueden imaginar.
Para desgracia de Juanito, ese día había robado varios duraznos para llevarles a sus amigos. No había llegado a repartirlos cuando el verdulero lo manoteó. Sus padres revisaron la bolsa y hallaron los duraznos, que estaban en remplazo de los libros que debería haberse llevado a la escuela. El hallazgo les resultó macabro. Quedaron atónitos.
El verdulero, con el ceño fruncido y los brazos en jarro apoyados en la cintura, sentenció:
- El problema es que este niño no tiene disciplina, y además tiene demasiado tiempo libre. Tengo un amigo que se dedica a criar ovejas para unas hilanderas de Manchester. Le puede dar un empleo. Eso lo va a ocupar, y le dará la disciplina necesaria para que se convierta en todo un hombrecito.
El padre, sin salir de su estupor, aceptó la oferta del verdulero. Así Juanito se convirtió en pastor.
El trabajo de pastor no le molestaba tanto. Al final, habían atado su cuerpo a la tierra, pero tenía aún tiempo libre para que su mente siguiera por los ígneos caminos que le inflaban el pecho. Esos que podía recorrer libremente con sólo cerrar los ojos. Pero por momentos también se aburría de estar sentado. Así fue que, en parte para divertirse, y en parte para vengarse de ese pueblo que lo había condenado al trabajo – encima queriendo convencerlo de que éste lo iba a dignificar – decide jugarles una broma. Un día soleado, mientras las ovejas pastaban, Juanito comenzó a gritar:
- Socorro! Auxilio! Viene el lobo! Está atacando a las ovejas! Ayuda por favor!
La gente de la aldea al escuchar los gritos, agarró sus horquillas, palos, antorchas y arcabuces, y salió en manada con rumbo al rebaño. No vio al lobo. Pero si a Juanito agarrándose la panza entre carcajadas, porque había logrado engañarlos a todos. Lo miraron con desdén, y sin decirle nada volvieron a su rutina.
Juanito, entendió que había sido demasiado fácil engañar a todos, por lo que ni siquiera sintió deseos de perfeccionar su jugada. Al otro día, ante la misma pasividad del acontecer, Juanito repitió su maniobra, utilizando exactamente las mismas palabras:
- Socorro! Auxilio! Viene el lobo! Está atacando a las ovejas! Ayuda por favor!
Nuevamente el pleno de la aldea salió al combate, con esa furia desbocada que caracteriza a las masas ante un enemigo externo, aunque sea un personaje de ficción. Nuevamente llegaron para encontrar la misma escena: ningún lobo, muchas carcajadas.
Esta vez no guardaron silencio, y le profirieron varios insultos. Lo acusaron de sacarlos de su actividad productiva, de que por su culpa no iban a poder cumplir con sus tareas para poder pagarle el tributo al monarca:
- ¡Acaso vos, mocosito, nos vas a defender cuando vengan los notarios del rey con sus soldados!
Nuevamente Juanito se felicitó de su astucia, o mejor dicho, de su facilidad para engañar a toda una aldea. Y se prometió repetirlo tal cual lo había hecho, hasta que las contingencias lo obliguen a agudizar el ingenio.
Al otro día, mientras Juanito recordaba con su característica sonrisa las astucias de los días anteriores, ve como una masa de pelos babeantes se acercaba a toda velocidad hacia él y hacia el rebaño que le había tocado en suerte cuidar. Era el lobo. La ficción se había transformado en realidad.
Asustado comienza a emitir desesperados gritos de auxilio. Los primeros que se le ocurrieron, distintos a aquellos que le habían permitido los anteriores ardides. Pero la aldea, harta de los artificios de Juanito prosiguió con su rutina, maldiciendo al chico entre dientes.
Cuando los gritos de Juanito finalizaron, la calma volvió a este tranquilo poblado. Muchos se felicitaron interiormente, les causaba gran orgullo haber vencido a un niño en su propio terreno. Esto les permitió completar su trabajo con mayor felicidad, hasta que cayó la tarde.

Juanito no aparecía por ningún lado. Deciden ir a buscarlo. Cuando llegan al lugar donde debería estar el rebaño, lo encuentran. Su cuerpo estaba entero, salvo por una profunda mordida en su cuello. El lobo lo había matado. No para comérselo, sino para evitar que pudiera dar aviso y así llevarse unas cuantas ovejas.
La aldea se consternó. Es que todavía no hay ideológía que se meta tan adentro como para evitar el frío que corre por la espalda ante la muerte de un niño. Muchos no podían salir de su estupor. Otros estaban tranquilos, seguros que éste había sido un acto de la voluntad divina, y que ahora Juanito estaría al lado del Señor de los cielos, o del de los infiernos. Lo cierto es que Juanito los había engañado, nuevamente.
Los pobladores se empezaron a amuchar, mirándose cada uno a los ojos. Viendo en cada uno de ellos el vacío despiadado que los llenaba. Buscaban entre todos una explicación a lo ocurrido. O mejor dicho, necesitaban urgente un culpable, para complacerse y poder continuar sus vidas. Hasta los soldados se acercaban, se quitaban sus cascos de hojalata amontonándolos a un costado para que se viera su rostro. Para mostrar lo que les quedaba de humanidad.
Entre la muchedumbre estaban los padres de Juanito. La madre llorando desde el alma, sin hallar consuelo en nada, ni en nadie. El padre con el rostro como derretido, atormentado entre el dolor y la culpa. No falto el imbécil que al verlos, dijera el típico “si hubiese sido bien educado esto no ocurriría”. Esto desató un alboroto de acusaciones cruzadas entre la educación, la religión, la ganadería, la industrialización, el universo y sus alrededores.

Un ruido estruendoso interrumpió la yuxtaposición de estupideces que esta masa intoxicada de pasiones desordenadas había creado. Un duraznazo había derrumbado la pila de cascos de hojalata. Y al lado de ellos estaba Clara, la hermana de Juanito. Todos se miraron. Todos la miraron.
La niña con sus ojos enjuagados en lágrimas de tristeza y bronca, apretó su puño. Miró hacia las errantes miradas de la muchedumbre que se había quedado muda, y les dijo:
- Si quieren culpables, busquen entre ustedes. Si querían que trabaje como un adulto sin sueños, imaginación ni perspectiva, ¿por qué no fueron ustedes a laburar? ¿Por qué lo obligaron a probar sus frustraciones?
Y siguió:
- El lobo pertenece a la naturaleza, pero su cultura, la cultura de ustedes, predica el amor al prójimo, el perdón, el arrepentimiento, únicos elementos medianamente rescatables de sus elementales y cabizbajas vidas ¿Tanto les dolió ser engañados por un niño? ¿En serio consideran que violar el octavo mandamiento merece la pena de muerte? ¿O sólo fue que prefirieron dejar a morir a mi hermano antes de que su imbecilidad sea puesta en evidencia nuevamente?

Se produjo un silencio que duró diez segundos. El mismo tiempo que tardo la muchedumbre en mirar hacia su interior, para luego voltear su rostro acusatorio hacia el padre, exigiéndole con una mirada de odio impotente que ponga en su lugar a esa niña. En el silencio. En el lugar que le corresponde a una mujer, o peor aún, a una niña.
El padre vio superado el dolor de perder a su hijo, por el temor de la condena social. Además su hija había violado el cuarto mandamiento. Lo que era imperdonable. La agarró fuertemente y se la llevó de la multitud a los tirones. Sólo con la fuerza para sacarla de allí, pero sin el coraje de mirarla a la cara ni decirle una sola palabra.
La madre vio la situación, y salió corriendo con el ímpetu con el que se caen las estanterías del espíritu cuando una crisis destroza tu estructura interna y te obliga a repensarlo todo. Arrancó a la niña de las garras de su padre, y dándole la espalda a este, le dio un abrazo fuerte, profundo y eterno. No necesito decirle una sola palabra. El abrazo dijo todo lo que debía decir, y en el lenguaje que sólo los abrazos pueden expresar. Se separaron, cada una limpió las lágrimas del rostro de la otra y dándole la espalda para siempre a esa multitud iracunda se fueron, juntas.
La muchedumbre se quedó discutiendo como endurecer las penas para los mocosos contestatarios. Como incrementar el poder de la iglesia sobre nuestras almas. Como eliminar las diversiones impúdicas que llevan a la juventud a la perdición. Como erradicar a Lucifer de la tierra. Luego se fue a su casa para echar uno o dos rezos y dormir en aparente tranquilidad.

¡Pobres de aquellos inductivistas que hacen de tres o cuatro hechos una verdad universal, acomodándolos entre sus pacatas categorías! ¡Cuántas infantes inocencias seguirán asesinando en nombre de la moral y la conducta!

MURALLA

9 comentarios:

  1. BRAAAAVOO! BRABIIIISISIMOO!!! MUY BUENO, REALMENTE. ESTABA ESPERANDO EL GIRO DEL CUENTO, Y ME ENCANTÓ! AAH..CÓMO NOS GUSTA DESPEDAZAR LOS CUENTOS TRADICIONALES CON SUS EDUCADAS MORALEJAS JAJA. JUSTO AYER HICE UNA CANCION QUE DICE "CAPERUCITA SE VA A COMER AL LOBO". Y EL COMPA EMMA DE LA PAMPA TAMBIÉN HA HECHO ALGUNAS VERSIONES MUY BUENAS DE CUENTOS DE ESTE TIPO. LOS REEE FELICITO. UN ABRAZO.

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  2. Excelente, realmente excelente. Toda una revelación para la literatura filotroska argentina, latinoamericana e internacional.
    Saludos,
    Beto.

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  3. Che hay un "Y" que sobra en el título segun parece.

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    1. Yo le dije que no podíamos dejar al "tarta" a cargo de la redacción, pero bue...

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    2. jajajajajajaja como me hicieron reirrrrrrrr

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  4. Estimado Murallosaurio: tu notable perseverancia en la literatura blogera es inversamente proporcional a la calidad de tus escritos. Es necesario abundar en esas frasecitas troskovulgas de manual básico de la escuela de verano?.
    Saludos.
    PD: la bancada de diputados del FIT va a apoyar la expropiación de YPF?...hummm...y la de senadores?.
    EL GAUCHITO GIL EXPROPIADOR

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    1. Disculpá Gauchito si ofendí a tu religión, que se le va a hacer, soy ateo. Especifique que son las frasesitas troskovulgas y vemos.
      PD: No te alcanza con el apoyo de Pino? Casi lo echan de TN por eso...
      MURALLA, el que no paga al contado con la plata de los jubilados

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  5. Para mi que el gauchito gil es amigo del dueño de la verduleria, se sintio interpelado (Y seguramente algun que otro duraznito debe recibir de su gran amiguito el dueño... de la verduleria)

    Kevin Johansen (O el piojo lopez, o como les guste)

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  6. Es un sorete inclinado ese Gauchito Gil.

    Popote (Alias, El Pote).

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